La Montaña

Sin Acritud…
A.L. Martín (9/10/2023)
Algunos seres humanos, desde los más lejanos tiempos, han sentido la necesidad de encontrar respuestas sobre el caos aparente de la realidad. Esto le ocurría a Max Estrella e incluso al mismo Valle Inclán. Subían hasta la montaña para encontrar al viejo barbado y preguntarle por el sinsentido o permanecían en el silencio de la cumbre escuchando al viento.

Era entonces cuando alguien inexistente como Max Estrella cobraba existencia real y dejaba de ser ficción. Escapaban del tumulto de las gentes que discutían sin cesar, unos con las mejores intenciones y otros por sus necesidades inconfesables.

Las ideas políticas formaban parte de ese torbellino de pensamientos hablados o gritados, pacíficos o violentos, tolerantes o casi siempre intolerantes.

Los partidos políticos, fieles a su etimología, partían, como lobos hambrientos que se disputasen un trozo de carnaza. El solitario de la cumbre, el escapado, pensaba en alguna síntesis política que terminase con aquellas eternas disputas. Se dijo que les preguntaría por el fin y no por los medios.

Deseaba conocer solo la finalidad y que fuera dicha de forma extremadamente breve. Solo la intención final. Eran tres las posibilidades: mantener el estado de cosas, reformarlo o sustituirlo.

Y no deseaba escuchar ningún argumento aclaratorio. Luego sacaría de su bolsillo un largo papel con una lista de nombres: Platón, Spinoza, Descartes, Hegel….

Clavaría el papel en la pared diciendo a los presentes que podían empezar a leer pero que iba a ser muy largo y el tiempo era insolentemente cruel. Recomendó mucha introspección y alejarse del mundo. Podían dejarse acompañar por Hermann Hesse, por Goethe, por Jack London, por Cervantes… y no vendría mal algún físico como Einstein o Heisenberg.

Ramón María del Valle-Inclán

Les dijo también que se olvidaran del pragmatismo superficial que utilizaban y avanzaran por el mar del pragmatismo real que era complejo, denso y no sabía de simplicidades.

Debían echar por la borda la palabra utopía en su sentido despectivo y recuperarla en su verdadero significado, como fundamento esencial de lo humano.

Sepultar para siempre el espectáculo de la carnaza que también podía ser una apetitosa tarta de chocolate encima de la mesa. Rodeada de vociferantes partidos políticos, de simpatizantes y de magnates que espiaban sin ser vistos tras las bambalinas: eran directores de orquesta con batutas de acero incapaces de sentir a Mozart, a Mahler o a Chopin.

Disfrutaban viendo chapotear a los energúmenos, a listos y a tontos, a pillos y víctimas, en aquel lodazal de dulce chocolate.

Antes de alejarse volvió a insistir en las respuestas a las tres posibilidades, en la decisión breve y concisa. En romper el círculo vicioso de las muñecas rusas. Con la mirada escéptica y triste, con la voz apenas audible, les dijo:

– La utopía es el verdadero pragmatismo.

 


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