
Sin Acritud…
Pedro Criado Juárez (27/7/2025)
Si ascendemos hacia el norte por la calle de Manuel Pardo, en la Colonia de Torrelodones, iremos dejando a la izquierda el muro de cerramiento de la linde este de la finca Villa Rosita; un recinto con una fuerte capacidad de evocar historias -más o menos reales- en el imaginario-popular de nuestros días. Por la que fue hermosa casa de verano y recreo de una pareja de española y alemán (1) campa hoy el abandono, la desidia municipal, y el colorido desorden de ese fenómeno social de nuestros días que es la ocupación.
La Colonia tiene historia corta. Hasta hace no muchos años fue sitio de veraneantes; sitio con poco pueblo y poco paisanaje que crease poso. Pero como a algo hay que agarrarse, los foráneos aquí llegados ponemos el oído a todo cuanto pueda tener algún matiz de memoria popular.
Por cierto, esta calle por la que ascendemos está dedicada al propietario de los terrenos sobre los que se constituyó la Colonia Agrícola La Victoria y la posterior Colonia Vergara, inicios del actual núcleo urbano distribuido entre los municipios de Torrelodones y el vecino Galapagar. La memoria de este señor está, por tanto, en la inscripción registral primera de las casas más viejas del lugar.
Dejo el análisis sociológico del origen y desarrollo de la Colonia de Torrelodones a algún especialista en la disciplina. Miel sobre hojuelas sería si este profesional, además, tuviese alguno de los apellidos -entre los nativos- que el primogénito del Dr. Mingo Alsina relaciona en un relato que tiene publicado sobre la historia de su padre; curiosa simplificación del “quién era quién” en la Colonia de los años cuarenta del siglo pasado. Más de uno pensará que, en ese sociólogo, estoy señalando a algún querido amigo. Lo mismo.
Los foráneos tenemos nuestras limitaciones al respecto. No hemos pasado aquí nuestra infancia, y solo la infancia conforma nuestro yo. De adultos, todos hacemos currículo y currículum, nos dedicamos a crear una imagen que usamos para ganarnos la vida, entretenernos o satisfacer el ego; pero, a nada que se escarbe, solo somos aquello que se fijó y definió en nuestra infancia. Y esa íntima realidad conformadora es imágenes, colores, sonidos, olores, personas, casa, pueblo, país, idioma…, todo eso hacia lo que nos retrotraemos cuando nos buscamos, cuando pretendemos saber o expresar quiénes somos. Uniendo el pensamiento de Pessoa y Rilke podríamos decir que la patria del hombre es su infancia y es su idioma. Pero, aunque nunca podremos dejar de ser foráneos, tenemos curiosidad sobre el lugar donde vivimos, y ponemos el oído esperanzador a todo posible eco de lo popular y auténtico.
Estábamos subiendo por la calle Manuel Pardo, dejando a nuestra izquierda la mampostería serrana del cerramiento de Villa Rosita. Por encima del muro, entre los restos vegetales de un incendio no lejano en el tiempo, atisbamos la ruina pintarrajeada. Hacia la mitad de la linde y cercano a ella, sobre una peña, vemos -retorcida herrumbre- el insólito otero de la “silla del aviador”.
He escuchado la historia de un avión alemán caído, y también la de una “chata” derribada en Villa Rosita durante la brutal batalla de Brunete. Ambas versiones coinciden en que el propietario de la finca, a su regreso tras la guerra, dio al asiento del piloto uso de misericordia en su particular mirador de atardeceres en la cinta azul del Guadarrama. Buen “pensatorio” donde reflexionar sobre tan recientes horrores.
Hoy he querido suponer que esa desconocida “chata” fue un Chato, uno de aquellos Polikarpov I-15, biplanos de piel de tela, que la Unión Soviética vendió al estado español para que se defendiese de los aviones que la Alemania nazi y la Italia fascista suministraban a los sublevados. Aquellos aviones de la República pilotados, en tantos casos, por jóvenes de humilde condición formados a la carrera en San Javier. A ellos mi pequeño homenaje.
(1)El controvertido simpatizante de la rebelión franquista Félix Schlayer y la española Rosa Albagés.

Nota del autor:
A modo de currículum: El amigo Eugenio Pordomingo me pide un currículum, una reseña biográfica, pues quiere publicar en su periódico, su aventura en el aire, alguna entrada de mi blog Cuadernos de Deustamben, uno de mis entretenimientos de jubilado. La petición me rejuvenece, tiempo hacía que no me veía yo en tal labor.
Pues bien, comenzaré por mi primer trabajo serio y remunerado, allá por el lejano 1963, año en que comencé a prestar mis servicios como delineante en el Servicio de Obras del Patrimonio Nacional.
Sumaba yo por aquellos entonces dieciséis añitos. Compaginé este trabajo con la colaboración en algunos estudios de arquitectura y con los estudios de aparejador. Cuando los terminé, allá por el año 1972, ya no se utilizaba tan querido sustantivo, y nos llamaron arquitectos técnicos.
Al terminar la carrera y no ser reconocido mi título en P.N. me dediqué, durante diez años, al ejercicio libre de la profesión. Tuve bastante trabajo, hice obras de importancia, pero sentía la nostalgia de la cal y la piedra, de la restauración arquitectónica que siempre ha sido mi vocación. Me presento a una oposición de Patrimonio y obtengo una plaza que he mantenido hasta mi jubilación. Durante un tiempo compaginé mi trabajo en Patrimonio Nacional con el ejercicio libre, hasta que esto fue incompatible y opté por mi trabajo en la Administración.
Durante estos años he desempeñado distintos cargos administrativos, pero siempre bajo la condición de mantener paralelamente mi actividad profesional en el lugar de desempeño.
Espero que esta breve reseña sirva para dar una idea de lo que ha sido mi actividad profesional.
N. de la R:
El solar de Villa Rosita está construido y la silla desapareció durante las obras. De la oralidad del pueblo pasó a la “fogoneta “de algún chatarrero.
Este artículo se publica con la autorización del autor, que también pueden ver en Cuadernos de Deustamben.
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Avión Chato, Colonia de Torrelodones, Galapagar, La silla del aviador, Pedro Criado Juazrez, Polikarpov I-15, torrelodones, Villa Rosita




