Lee Miller

Sin Acritud…
Ángel Luis Martín (12/2/2026)
Existe una línea imaginaria que es absolutamente real. No conviene traspasarla; aquella persona que lo hace puede ser consciente de su peligrosidad y entonces volver atrás, no permanecer demasiado tiempo y regresar rápida o gradualmente.

Lee Miller no regresó; permaneció sabiendo el riesgo que conllevaba para ella o quizás no hizo caso de las señales de peligro que emitía su instinto autoprotector. No eran las balas, las explosiones o los edificios cayéndose. Decidió quedarse tras esa línea imaginaria real y tuvo su altísimo precio: no es posible salir indemne y la consecuencia es la devastación emocional.

Los místicos históricos eran capaces de atravesar esa línea prohibida, en cierto modo protegidos por un camino oscuro parcialmente iluminado que garantizaba el regreso. Lee Miller, Elizabeth Miller, no era una mística. Al otro lado de la línea no contempló ni sintió la serenidad, la calma, la armonía o la paz; encontró la crueldad humana a un nivel inimaginable; los cuerpos humanos convertidos en materia residual, apilados como muñecos maltratados sin piedad y los vivos deambulando o escondidos del espanto del matadero frío y organizado. Ella se acercó con su cámara a la niña de ojos grandes y hambrientos que sentía pánico ante su presencia pero se mantenía inmóvil como un animal asediado sin escapatoria. Lee Miller con su cámara, susurrando palabras de calor humano tranquilizador con la intención de congelar ese instante y transmitirlo al mundo. La cámara como un ojo justiciero que imponía la ética humana en lo inhumano. Dachau. Buchenwald.

Lee Miller, a medida que avanzaba con las unidades de infantería norteamericana y penetraba en Alemania llegó a sentir odio hacia el pueblo alemán que había apoyado o permitido un régimen de barbarie. Afirmó que era un pueblo esquizofrénico.

Cuando envío los negativos a Vogue de Londres los acompañó de un escrito:

“Por favor, créanselo”.

La sede británica de Vogue no le publicó las fotos: no era conveniente destrozar el ánimo de una población muy castigada por la guerra que deseaba olvidar y volver a vivir.

Vogue de Estados Unidos sí las publicó.

Lee Miller atravesó la línea imaginaria sin protección, si es que es posible tenerla, con su sensibilidad humana sin muro o armadura. Como una esponja que absorbe la realidad y no puede desprenderse de la suciedad y queda en el alma, en la mirada, en los sueños que son constantes pesadillas incontrolables.

Los que vuelven del otro lado de la línea ya no pueden vivir ni ser como el resto. Ella buscó refugio en el alcohol durante el largo viaje y al regresar se abrazó a él; no tenía otra alternativa.

Había sido una artista del Surrealismo, antes del estallido de la guerra, junto a Man Ray, Roland Penrose, padre de su hijo, o Pablo Picasso con el que mantuvo una amistad toda la vida: él pintó su retrato varias veces y ella le fotografió.

En una foto situada en el estudio de Picasso en París, en el momento de la liberación, aparecen los dos: ella de uniforme, alta, rubia y muy atractiva; él, bajo de estatura, rodeando su hombro con el brazo, mirándola con sus pupilas magnéticas plenas de una admiración sin límite.

Lee Miller con Pablo Picasso

Lee Miller comprendió que la realidad superaba al propio Surrealismo: no había necesidad de bucear en el inconsciente para exteriorizarlo a través del Arte como pontificaba André Bretón.

La propia realidad anulaba con creces toda fantasía pero era insoportable.

Después de la guerra ya no pudo seguir una trayectoria vital al uso. Guardó, se puede decir que escondió, sus negativos, unos seis mil, en el desván de su casa de campo en Inglaterra. Y allí quedaron olvidados. No volvió a utilizar la cámara fotográfica. Siguió viviendo junto a Roland Penrose entre el alcoholismo y la depresión, víctima de lo que ahora llaman síndrome post-traumático. No acudió a médicos, psicólogos o psiquiatras: estaba acostumbrada a luchar en solitario y consiguió superar el alcoholismo por sí misma.

Una vez fallecida, a los setenta años, salieron a la luz todas sus obras escondidas: un tesoro artístico y documental que forma ya parte de la Historia y ocupa su lugar en los museos más importantes del mundo y en exposiciones. Una mujer única, una artista excepcional. Traspasó la línea que devasta los corazones. Esa línea que persiste y no ha desaparecido en el presente sino que reaparece bajo diversos disfraces políticos o sin ellos, amenazante y brutal.


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