El pez sediento

Sin Acritud…
Espacios Europeos (27/5/2026)
El pasado martes 19 de mayo, la Asociación Mayores 55 de Collado Villalba (Madrid), entregó los premios del II Certamen Literario de Relatos Cortos. El acto tuvo lugar en el Centro Peñalba, y finalizó con la actuación de la coral del I.E.S. María Guerreroo, con un gran éxito.

El relato El pez sediento, de Ángel Luis Martín, que se publica en este digital, fue premiado “por su forma de abordar la temática de nuestra historia.

El pez sediento

Gustavo no puede dormir, da vueltas y vueltas sobre sí mismo; acaricia la pistola que está bajo la almohada y su pensamiento se desliza por las dos vertientes: la bala es un pasaporte al cese total de su angustia; la bala es el medio para hacer justicia y ejecutar a Fournier.

-Lo lógico serían las dos cosas, una detrás de la otra. -dice para sí mismo en la oscuridad.

Ama esa vieja pistola. Estuvo en su cintura en el frente de la Ciudad Universitaria en un Madrid a punto de caer en 1936, con la Columna Durruti y las banderas rojinegras de la CNT que habían aplastado al fascismo en Barcelona.

Recuerdos, siempre mezclados en la mente de un viejo: los buenos y los terribles. Y en una vida extrema, la amnesia, esa amenaza, no es más que la tabla de salvación para seguir viviendo. Gustavo Puchades no gozaba de ese privilegio.

El asilo o residencia para mayores de Mauriac, en Toulouse, planificaba muy bien las cosas diariamente para evitar melancolías.

Como todos los martes por la mañana, se sentó frente a la doctora Bisset:

-Espero que siga pintando esas acuarelas suyas tan originales…

-Sí. No sé muy bien por qué lo hago -el francés de Gustavo era entendible pero con fuerte acento español.

-Eso no importa. La cuestión es que disfrute haciéndolo y le ayude a superar sus traumas de la guerra. Debe aprovechar la vida, vivir el presente.

-No tengo que superar nada.

-Entiéndame, Gustavo. No se trata de olvidar nada. Francia le reconoce sus méritos. Ha sido condecorado por su lucha en la Resistencia… Pero usted ha sufrido mucho: su mujer y su hija asesinadas durante la ocupación…

-Y antes violadas, torturadas… La doctora Bisset no pudo evitar bajar la mirada, ni que un temblor le sacudiera los labios:

-Lo sé, lo sé… Hemos hablado de ello y sabe que yo estoy aquí para ayudarle.

-No fueron los alemanes sino los franceses de Vichy. Esos patriotas fascistas con sus uniformes negros besando las botas de los alemanes… Usted es muy joven. No lo vivió… Gustavo se puso en pie y se dirigió a la puerta:

-Hace unos días ingresó uno nuevo… Es curioso pero creo le conozco de algo… Le he visto por los pasillos y claro, los años pasan factura, pero estoy casi seguro… Un amigo de mis tiempos.  La doctora Bisset sonrió:

-Sí, efectivamente. Y sería estupendo porque después de varios aquí con nosotros no tiene usted ningún amigo.

-Si supiera su nombre estaría seguro… No consigo recordar su nombre.

-Ahora mismo se lo digo.

-La doctora Bisset, con evidente entusiasmo, se puso a mirar entre los papeles de su mesa:

-Aquí está: Jean Fournier. De su misma edad…

Gustavo salió del despacho con rapidez, un apenas audible merci beaucoup salió de su boca increíblemente seca.

La noche es larga, solo el contacto de su mano con la pistola, bajo la almohada, frena al cuerpo a seguir volteando sobre sí mismo. Ejecutar a Fournier y después suicidarse. Se lo repite incontables veces hasta que se sumerge en el sueño que es pesadilla: un pez emergido del océano con los ojos casi muertos, en el aire, agitándose bajo un grifo oxidado del que pende una gota de agua; un pez sediento que lucha por su vida sin sentido.

Ángel Luis Martín

Gustavo Puchades es ese pez, él lo sabe. Ve su propia cabeza de poco pelo blanco, el bigote descuidado, las arrugas como cicatrices o trincheras en torno a los ojos hundidos. El grifo es Jean Fournier, con su cabello gris bien cortado, apuesto, de cutis sonrosado y las pupilas brillantes; lleva el uniforme negro de teniente de los colaboracionistas franceses. Cuando el pez sediento está a punto de sorber la gota de agua, Fournier cierra el grifo riéndose a carcajadas.

Por la mañana, Gustavo no desayuna, ni se ducha ni se peina; sale al pasillo con la mano aferrada a la pistola escondida en el bolsillo de la chaqueta. Recorre los pasillos y sube a la planta superior, reconociendo rostros ya conocidos. Camina despacio y en calma, en contraste con su corazón que no cesa de palpitar sin control.

Al llegar a la planta baja, se queda inmóvil contemplando, tras los ventanales, a las nubes grises que han ocultado el sol.

Y allí, en el amplio jardín, ve a Jean Fournier: está sentado en un banco metálico fumando un cigarrillo sujeto en un lado de la boca y leyendo con unas gruesas gafas el periódico.

Gustavo Puchades se sienta en el banco junto a Fournier. Éste, levanta la mirada del periódico y le saluda.

-Asesinaste a mi mujer y a mi hija, Jean Fournier.

-se lo dice en español.  -No entiendo su idioma.  Gustavo se lo vuelve a decir en francés mientras le pone la pistola en el pecho. Fournier deja caer el periódico al suelo.

-Y voy a ejecutarlo-. El sonido del disparo coincidió con el ruido de un avión que surcaba el cielo en ese mismo instante.

Ángel Luis Martín Álvaro
Profesor de Historia, jubilado, dibujante y articulista de prensa digital.


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