
Sin Acritud…
Esteban Toja Santillana (25/5/2026)
Aquella tarde había ido a Barajas a despedir a un amigo de Bilbao, Ramón Baroja, capitán de la Marina Mercante como yo, con el que había comido y que marchaba a Jerez. Por aquella época, el aeropuerto estaba en obras de remodelación, y la información sobre las puertas de embarque de los aviones era bastante confusa. Nos dirigimos a un mostrador de los “chaquetas rojas” de Iberia, para informarnos. Uno de ellos, que estaba con la oreja pegada a un transistor, al tiempo que nos indicaba con una seña la dirección, dijo en voz alta dirigiéndose a sus compañeros y también a nosotros:
― Ha habido tiros en el Congreso; parece que han entrado unos guardias civiles.
Miré el reloj: eran las seis menos veinticinco.
Nos quedamos pegados y pregunté a Ramón si quería seguir viaje o esperar, pero ante lo inminente del embarque y su convencimiento de que perder su viaje no iba a modificar la historia de España, decidió embarcar.
Me dirigí a mi coche con idea de volver a mi oficina en Madrid, puse la radio y me fui enterando de las noticias que se iban conociendo que, aunque confusas, indicaban que el asunto era muy grave.
Como mi oficina estaba cerca de la Plaza de las Cortes, al final (o comienzo según se mire) de la calle del Prado, estuve pensando en parar para telefonear a mis dos compañeras de trabajo. Pero dado lo difícil que era hacerlo en la Avenida de América y el hecho de vivir cerca, a medio camino, en la calle Hermosilla, me hizo desistir de ello y mejor optar por llegar a casa y hacer la llamada desde allí. Lo que sí recuerdo es que por mi cabeza pasaron inmediatamente las trágicas viejas historias de la guerra civil, tantas veces escuchadas, sobre todo a mi madre, en las reuniones familiares.
Precisamente pensando en mi familia -acabábamos de tener nuestro primer hijo- lo primero que hice y que puede parecer algo ridículo, es que una vez que dejé mi coche en el garaje, y suponiendo que el golpe de estado, caso de triunfar, desataría probablemente una huelga general y la consiguiente falta de suministros, me dirigí a una lechería de mi calle, que ya no existe, y ante el asombro de la tendera, que me conocía sólo de vista, compré un considerable número de bricks de leche, botellas de agua mineral, mantequilla y algún otro alimento que no recuerdo.
Subí a casa, y me abrió la puerta mi mujer que ya había oído la radio y estaba al tanto, obviamente muy preocupada. Inmediatamente llamé a la oficina. Eran poco más de las siete de la tarde. Mis compañeras de trabajo estaban muy alarmadas y no sabían si podrían salir de la oficina, dado la gran confusión existente en la calle. Les dije que bajaran con cuidado y trataran de salir calle del Prado arriba y dirigirse a sus casas. Una de ellas, Isabel, vivía en la calle Fuencarral y la otra, María José, por Argüelles. Les dije que si veían problemas que se refugiaran en la oficina, y que me llamaran, que yo iría a tratar de ayudarlas a salir. Poco después me llamaron indicando que estaban a salvo en sus casas. Llamamos a nuestras familias en Bilbao, en Gernika, en Sevilla, en Barcelona. Todos estaban bien pero angustiados. Recibí una llamada de Jesús Gato, mi jefe en Intermarine, que estaba en París y le informé de lo poco que sabía. También llamó de Buenos Aires, Roberto, hermano de Jesús, para interesarse él y así poder informar a un grupo de buenos amigos que tenemos allí. No daban crédito a lo que estaba sucediendo.
Reconozco que estaba muy nervioso, ya que aparte de lo que se escuchaba por la radio, se oían procedentes de la calle (plena zona nacional) muchas voces desaforadas de individuos al parecer, supuestamente, muy contentos por la ocasión de matar que se les presentaba.
Creo que ha sido una de las peores noches, sino la peor, de toda mi vida. Mi mujer y yo nos imaginábamos lo que podría pasar en nuestra tierra, el País Vasco.
Los himnos militares de RNE, las noticias alarmantes de la SER y otras emisoras, la conciencia de la inestabilidad política existente y sobre todo la falta de un pronunciamiento claro de alguna autoridad civil, nos mantenía en vilo. A pesar de todo lo que se ha dicho sobre que fue el mensaje del rey lo que tranquilizó a la gente, a mí en concreto, lo primero que me convenció de que el asunto estaba, al menos en vías de neutralización, fue el mensaje tranquilizador y medido de Jordi Pujol. En aquellos momentos no podía entender, y ahora tampoco, que el rey no hablara, salvo que estuviera involucrado, cosa de la que ahora, con el análisis posterior de los hechos, las declaraciones y silencios, estoy convencido. La pretensión de que el jefe del estado, en Madrid, en el año de 1981, tuviera necesidad de una televisión para dirigirse a la nación es una tomadura de pelo. Un teléfono, el mismo que utilizo Armada para hablar con el rey o el rey con Armada, le hubiese servido para dirigirse a una emisora de radio (a cualquiera) y posicionarse claramente. No lo hizo, de la misma forma que callaron muchos ilustres próceres, quedándose a la expectativa.
El espectáculo bochornoso que ofrecieron los prohombres que, en la manifestación del día siguiente se colocaron en su cabecera tras la pancarta desafía cualquier calificativo. Los mismos personajes que hubieran ido a ofrecer sus incondicionales servicios a la cruzada triunfadora, aparecían como defensores de la democracia y la Constitución. Entre ellos algunos de los que figuraban en la lista de Armada, y que en muchos casos, estoy de ello seguro, tenían previo conocimiento de la intentona o intentonas golpistas. Incluidos significados socialistas.
El tardío mensaje del rey, pero que no oculto fue bastante tranquilizador para nosotros, llegó al fin y con ello, al poco, el sueño.
Al día siguiente, a primera hora, sobre las ocho, marché a la oficina. Algunas veces solía ir en coche, que dejaba en el aparcamiento de la Plaza de las Cortes, pero ese día opté por ir andando. Me sorprendió el que a pesar de la gravedad de lo sucedido, el movimiento en la calle fuera aparentemente normal. A la gente se la veía caminar deprisa, seria y preocupada, pero nada más. En el Paseo del Prado, la circulación era casi normal; nada indicaba, hasta llegar a la misma Plaza de las Cortes, que pasara nada extraordinario.
Al llegar a la esquina de la plaza, esto sería poco antes de las nueve, me encontré gran cantidad de policías nacionales, guardias civiles y militares en cordones concéntricos, visiblemente cansados, nerviosos, desconcertados y sin guión. Civiles se veían pocos y la mayoría parecían periodistas. Al tratar de pasar, uno de los policías nacionales me preguntó bruscamente que a donde iba. Como me picaba la curiosidad, en vez de volverme y tratar de llegar a la calle del Prado, dando un rodeo por las calles de más arriba, se me ocurrió decirle que el rey había dicho que todo estaba normal y que todos debíamos ir a trabajar. Me preguntó donde trabajaba y le mentí diciendo que en el edificio Plus Ultra. Pasé tranquilamente y, nadie ya me preguntó nada. Creo recordar que el día estaba soleado y el aspecto de la gente en la plaza era expectante pero nada que denotara un golpe militar violento. Rebasé de nuevo los sucesivos círculos de uniformados y llegué a la oficina.
Ésta, estaba situada en el cuarto piso de un palacete que pertenecía y pertenece a la familia Perinat. Don Luis Perinat, había sido embajador en Londres y lo recuerdo, de las escasas veces en que crucé algunas palabras con él, como un hombre serio pero afable. Yo había llegado a trabajar a Madrid a finales de 1978. El cuarto piso, en que teníamos la oficina, era bastante grande y estaba subdividido en despachos que estaban alquilados a diversos profesionales. Curiosamente, uno de ellos, que contaba con una sala de consejos, estuvo algún tiempo ocupado con el grupo socialista en el Ayuntamiento de Madrid. A mí me sorprendió la circunstancia, dada la conocida cercanía del marqués a A.P., pero luego me enteré de que, al parecer, el administrador del marqués había alquilado la oficina a aquellos señores sin consultárselo. Al enterarse, Perinat parece que se enfadó bastante, pero por las razones que fueran continuaron allí bastante tiempo. Alguna vez, vi por allí a Tierno-Galván, que tenía por entonces o había tenido su oficina en la cercana calle del Marqués de Cubas.
Algunas tardes en que me quedaba trabajando solo, como la centralita se cerraba, entraban por mí línea, desviadas, muchas llamadas dirigidas a los socialistas, y bastantes en tono amenazador de personas que se identificaban ellas mismas con la extrema derecha y proferían insultos a los socialistas. De nada servía que les dijera que se habían confundido conmigo. Desde decirme que cantara el “Cara al sol” o que lo iba a pasar mal, a ofrecerme hostias en cantidad, toda una serie de lindezas. Una noche me llamaron y antes de que tuviera tiempo de decir nada, me dijo el que llamaba:
―Dile al h. de p. de Turrión que hoy vamos a por él y que se va acordar del día en que nació, o algo por el estilo.
No tenía ni idea de quién era Turrión y sigo sin saberlo, aunque hace unos meses apareció en la prensa la esquela de un prohombre socialista apellidado así. Estuve un rato largo pensando que hacer y finalmente decidí, ya que no venía nadie a la oficina de los socialistas, pedir a información el número del Partido Socialista que entonces estaba en Santa Engracia. Me lo dieron y llamé preguntando por la persona encargada de los asuntos de seguridad. Puesto al habla un señor que se identificó, pero cuyo nombre no recuerdo, le informé de la llamada y del tono altamente amenazador y perentorio de la misma. Tranquilamente y tras agradecer amablemente mi interés, me dijo:
―Si nos preocupáramos por cada llamada que recibimos en ese tono, tendríamos que estar escondidos todo el día.
Siguiendo con el relato, diré que a mis dos compañeras de trabajo también les había vencido la curiosidad y, a pesar de haberles yo dicho que no vinieran a trabajar, estaban en la oficina como todos los días, eso sí, con el transistor encendido. Desde nuestra oficina, que daba a un jardín interior, no se veía nada.
Hacía las diez de la mañana, tal vez algo antes, informaron por la radio que se iba a permitir la salida a algunas diputadas. Una amiga de Vigo, Elena Moreno, era diputada por UCD, y por ello pensé salir por si podía verla y tal vez saludarla. Bajé a la calle; en la esquina de la calle del Prado con la Plaza de las Cortes seguía habiendo un piquete de policía que no dejaban pasar a nadie. La línea cerraba la calle entre los que hoy es el Hotel Villa de Madrid y la esquina de la calle de San Agustín. Ocurrió que en aquel momento bajaba por la acera de la calle del Prado, Gregorio López-Bravo, quien a la sazón era presidente de SNIACE y tenía allí su despacho. Me puse detrás de él y al llegar al control, le dije al policía:
―Voy con don Gregorio. No sé si el policía sabría quién era Don Gregorio, pero el caso es que nos dejó pasar a ambos.
A partir de entonces y desde la acera de enfrente del Congreso fui testigo de la salida de los guardias civiles por las ventanas y a los diputados y el resto del elenco por la puerta.
Naturalmente seguía sin saberse ni cómo, ni en nombre de quién, aunque si se sabía cuándo y para qué.
Por la tarde, tuve ocasión de ver la cabecera de la manifestación que se formó en el paso del Prado, y que me dio tanto asco.
Naturalmente no poseo ninguna de las claves de lo sucedido, ni lo pretendo, pero de lo que si estoy seguro es de qué, afortunadamente, para al menos la mitad de los españoles, me atrevería a decir que para todos, lo que hizo que el golpe no triunfara es que los militares olvidaron las terribles consignas del general Emilio Mola en el 36. El derramamiento de sangre provoca un levantamiento casi irreversible. Esta consigna, llevada hasta sus últimas consecuencias, produjo, a partir del 17 de julio del 1936, la mayor ruptura en toda su historia de la siempre difícil convivencia entre los españoles. Ruptura esta, yo al menos estoy convencido de ello, que no se ha resuelto como debiera y a la vista de cómo se producen en la actualidad una mayoría de intelectuales, políticos y medios de comunicación dudo que se consiga alguna vez.

Ni la Acorazada salió, ni el Teniente General Jaime Milans del Bosch pasó de la amenaza en Valencia. Creo, en parte, que la personalidad del Gobernador Civil de Valencia, José Fernández del Río y Fernández, le ganó el pulso aquella noche. Probablemente también, el hecho de que aunque muchos de la oficiales superiores del ejército de 1981 habían hecho la guerra civil, ni Milans ni sus colegas tenían el odio y ni el ansia homicida de muchos de sus pares del 36.
Otro de los ciudadanos, con mayúscula, que actuó con decisión aquella noche, fue el Subsecretario del Interior, Fernando Laina, a quien nunca se le reconocerá bastante su decisión de asumir el poder civil en aquellas circunstancias. Recuerdo haber leído, hace algún tiempo que, como muestra del pago que la Patria da a sus mejores servidores, ocupaba una posición subalterna de la administración en alguna ciudad del sur de España.
El Borbón jugó con la situación que de seguro conocía y esperó al final del partido para entregar la copa. Como en el Bernabéu. El no perdía nunca. Al fin y al cabo si traicionó a su padre por que no iba a traicionar a Armada y/o, la autoridad elefantiásica, por supuesto no militar, que estaba detrás.
Hay quién dice que los consejos de Giscard, para que desistiera, fueron los más convincentes. Puede ser que el rey escuchara también los del general Sabino Fernández Campo, persona de sano juicio, que tenía sobre él una clara superioridad intelectual.
Podría ser también que una de las razones de mayor peso fuera que su suegra le advirtiera del peligro que, la toma del poder por los militares, podía tener para la estabilidad de una monarquía y, de eso, ella sabía bastante. Los ingleses, a quienes generalmente les gusta vernos en nuestra pecera, parece que se posicionaron esta vez en contra del golpe. De los gringos, mejor no hablar. De todas formas siete horas dan para todo.
Tanto asco y vergüenza ajena me produjo todo el asunto que, mentalmente, aquel día me borré de español, y no he encontrado aún razón alguna que me mueva a volver a apuntarme. Pero no se preocupen, conservo mi pasaporte y pago puntualmente mis impuestos.
N. de la R:
El autor es Capitán de la Marina Mercante.
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23-F, Esteban Toja Santillana, Fernando Laina, General Armada, golpe de estado, Gregorio López Bravo, Jaime Miláns del Bosch, José Fernández del Río, Sabino Fernández Campo, UCD




