
España
Ángel Luis Martín (10/10/2026)
España se cuenta a sí misma a través de sus héroes y de su sufrido pueblo.
Una España que tiene en el Cid y en don Quijote dos de sus figuras más emblematicas: el guerrero y el caballero, hombres de armas y justicia.
En el Cantar de mio Cid aparece la historia de Raquel y Vidas, aquellos prestamistas a quienes Rodrigo Díaz acude cuando necesita dinero para continuar su camino. Los cofres entregados como garantía contienen arena, no las riquezas que los prestamistas imaginan. La historia pertenece a la literatura y no debe confundirse con otras versiones legendarias posteriores.
La imagen sirve para evocar una cuestión actual para desdicha de toda persona con integridad moral: ¿qué ocurre cuando el poder económico aplasta sin misericordia al ser humano que necesita sobrevivir?
El Cid necesitaba recursos para levantar su mesnada y continuar su cabalgada. No era un hombre dispuesto a detenerse ante las dificultades. Su mundo era un mundo de fuerza, honor y desafío. La espada constituía entonces una ley última cuando las demás leyes no bastaban. Y el Cid, para escándalo de patrioteros sin luces que pululan a la sombra de sus amos financieros y sorben desde la mañana a la noche la hez de la suela de sus zapatos, era un fuera de la Ley. Sí, y esto no casa con el orden que les amamanta.
Es un peligro. El Cid, el héroe se ha convertido en una amenaza.
Hoy los usureros han cambiado:
Se llaman fondos de inversión, sociedades inmobiliarias, grandes tenedores. Y formaciones políticas que les sirven sin disimulo ni conciencia humana. No les importa la gente que reclama algo tan sencillo como un techo donde donde vivir.
No les importa ni su vida ni su muerte. Dormirán tranquilos, plácidamente, ante la noticia del fallecimiento de Maricarmen en el hospital, arrojada de su casa como una piltrafa desechable, con la debida autorización de una jueza y el servicio violento de la policía. Se mirarán al espejo y acaso buceen en su conciencia por unos instantes. Es posible.
La muerte es el máximo símbolo. Solo los carentes de sesera, abundantes en los partidos políticos, voces de sus amos, no entienden la gravedad de lo que está ocurriendo en España.
El otro gran héroe de la españolidad eterna es don Quijote.
Si aquel caballero hubiera pasado ante el portal de Maricarmen mientras se consumaba la afrenta, habría visto lo que veía siempre: una injusticia que exigía respuesta:
La anciana expulsada de su casa y a los hombres armados encargados de ejecutar el mandato.
No habría visto un simple procedimiento.
Habría visto una bellaquería, habría espoleado a Rocinante con la lanza en ristre y gritado mientras acometía al galope:
«¡Deteneos, malandrines!»
Porque esta es la contradicción que pesa sobre quienes invocan continuamente al Cid y a don Quijote como símbolos de una España eterna.
No eran héroes de labia hipócrita, no eran fantoches. No eran pobres diablos sin conciencia ni honor, mercenarios de la peor especie, encorbatados, ufanos de sus miserables actos. No podían, ni por asomo, contemplar impasibles la humillación del débil, el sufrimiento del abandonado a su suerte o la muerte de una anciana desposeída de su hogar como un fardo.
Ambos héroes dirían lo mismo: el honor consiste en obedecer ciegamente la regla sacrosanta de enfrentarse a quien abusa de su fuerza.
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