Viñeta creada por la IA (Chatgpt) junto con el autor del artículo.

Sin Acritud…
Ángel Luis Martín (19/6/2026)
El mítico Narciso tenía un grave problema: padecía de idiotismo. La enfermedad no diagnosticada era muy contagiosa y silenciosa. Con el paso de los siglos los síntomas de Narciso se han extendido de forma pandémica: las redes sociales, las mass-media de radios y cadenas de televisión son los propagadores de este tipo de virus mental a nivel planetario. El idiotismo, el principal síntoma de Narciso, está afectando, de forma alarmante, incluso a los dirigentes políticos más destacados del mundo: el caso de Donald Trump muestra hasta qué punto, el virus acaba destrozando de forma indolora la mente humana: no es un caso individual sino que alrededor del presidente enfermo en grado agudo, existe una masa de colaboradores y votantes contagiados de diversa intensidad y sintomatología.

El narcisismo siempre tiene el componente del idiotismo; varía según personalidades y situación social: desde altos puestos de responsabilidad hasta las capas más populares.

La detección de los síntomas cada vez es más dificultosa: no olvidemos que estamos hablando de un tipo de pandemia silenciosa con un formidable poder de contagio. Cada vez habrá menos personas capaces de ser conscientes de lo que ocurre.

Desde el observatorio español se pueden señalar algunas muestras del progresivo avance del “narciso-idiotismo”:

-Uso de un lenguaje típico de las redes, con el contagio narcisista de los influencers idiotizados, por parte de diputados/as y senadores/as.

-Programas de radio y televisión donde supuestos humoristas (su humor suele ser de bajísimo nivel y de tipo infantiloide) suplen a periodistas profesionales o bien éstos se confunden con aquellos. El virus N.I. (narcisismo-idiotizado) hace que los humoristas no duden en emitir prolongadas carcajadas sobre sus propias ocurrencias, imitadas luego por el resto del equipo. Al parecer, las risas grabadas automáticas no se utilizan y se consideran caducas.

-En Radio Clásica de RNE. se perpetra a diario un disparate que enerva a los oyentes. El tiempo que ocupan las interminables peroratas de los locutores (síntoma del N.I.) hablando del número de agujeros que tiene una flauta o de interrumpir una sinfonía repetidas veces para que el locutor/a informe al pobre oyente de la parte musical escuchada con todo tipo de tecnicismos pedantes inacabables, es claro síntoma del virus.

Algún escuchante, con los nervios destrozados, ha estrellado el receptor de radio contra el suelo: es un efecto de la persona sana frente a los infectados por el N.I.

-En los debates de televisión, destacan presentadores de inusitado afán protagonista y de graves problemas de vocalización (quizás un chicle en la boca) que dificultan mucho la comprensión. Ello no impide pesadísimos monólogos repetitivos, lentos y cansinos: enamoramiento de la cámara como Narciso.

-El tradicional desprecio español por el uso de la palabra del otro, consecuencia de carencias educativas básicas seculares apenas maquilladas por licenciaturas universitarias, cobra fuerza con la expansión del N.I. Es prácticamente imposible que un español aguarde a que el otro termine un argumento. Su afán de protagonismo le domina, le impele a entrar en escena aplastando el discurso del otro. Si además es poseedor de recias cuerdas vocales, el estruendo, el grito o incluso la descalificación personal darán rienda suelta al N.I.

Es un misterio sociológico español el acomodo a estas situaciones generalizadas en diferentes ámbitos; desde las altas esferas, los platós televisivos, las redes como receptáculos patológicos esenciales del virus, hasta reuniones informales o familiares etc. El acomodo es la regla. El  abandono educado ante el desenfreno del N.I. parece ser una rareza, cuando lo profiláctico sería llevarlo a cabo de forma sistemática.


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