
Sin Acritud…
Alejandra Durrell (22/8/2026)
Como saben algunos lectores y gente de la redacción de Espacios Europeos, una servidora no ha nacido en España. Llevo tiempo aquí y conozco España como cualquiera, o mejor, de los nacidos acá. Desde muy joven recibí entrenamiento para trabajar en España; aprendí el idioma español en un centro preparado al efecto. Conocí las costumbres de los españoles; aprendí a decir tacos, a protestar por todo, a salir de cañitas, etc. Nuestro formador, un español, nacido en Madrid, nos adentró en los pormenores del día a día; todo bajo la égida del jefe, un búlgaro de nombre Georgi, responsable de la Unidad de Formación y Actuación Urgente de la Seguridad del Estado. Un hombretón en todos los sentidos, y doy fe de ello.
Si mal no recuerdo, mi promoción de servidores de la Patria —así nos denominaban nuestros camaradas jefes— fue la última antes de que el neoliberalismo se hiciera con mi país y con el resto de las naciones que formábamos parte de nuestro Imperio, la conocida URSS.
La caída del muro de Berlín significó un antes y un después para mí y para muchos de mis camaradas compañeros. Cada uno de nosotros se vio obligado a buscarse la vida como pudo. Hubo uno, algo mayor que yo, que se hizo con un taxi y a ello se dedicó —tenía que ganarse la vida como fuere—, hasta que pudo volver a la Madre Patria y hasta consiguió, tras varios años, llegar al máximo Poder.
Mi caso fue distinto; yo estaba muy entrenada para operaciones de infiltración en el ambiente social español. Era —quizás lo soy todavía— una experta en agitación de masas. Vestía, hablaba, andaba y gesticulaba como una verdadera española. Hasta simulaba ser una estrecha, pero en el fondo, como todas, españolas, rusas, americanas…, me piraba por macho. Y es que ir contra la naturaleza es, a mi entender, un delito biológico, una aberración.
Por aquellos días, España dejaba la dictadura —Franco se murió solo; nadie le ayudó a dejar este mundo antes de lo previsto— y yo no sabía qué hacer. Mi belleza atraía a los hombres —y a más de una mujer—; mi pelo rubio, mis facciones y mi cuerpo —sobre todo mis domingas, firmes, erectas y seductoras— provocaban la lujuria allí por donde iba. Piropos, cachetadas en el trasero y más de un arrinconamiento en el metro, autobús o ascensor eran algo cotidiano a lo que me tenía que acostumbrar.
La verdad es que en la escuela de los servicios, más de un camarada me quiso penetrar, así, a lo bestia, pero las técnicas en artes marciales que aprendí hicieron su efecto y alguno se presentó a dar clase algo dolorido. Y es que el golpe en la entrepierna es una de mis especialidades. Por aquellos días aprendí que en España lo llaman «patada en los cojones».
En España he descubierto que hay muchas mujeres de pelo rubio, que algunos maliciosos llaman «de frasco», o sea, que es pelo teñido. En mi país de origen es al contrario: las mujeres de pelo y ojos negros son muy resultonas. De hecho, las chicas de pelo negro tenían mucha aceptación entre los hombres y, por supuesto, lograban antes los ascensos y destinos.
Sigamos con mi breve historia. Viví en España las convulsiones de la llamada Transición. Todos contra Franco, pero él ya no existía, y tuvieron que crear un andamiaje, falso por supuesto, para dar continuidad al sistema imperante. No olviden que los agentes de la CIA, nuestros competidores, se volcaron en meter a España, aunque fuera con fórceps, en ser un aliado preferente. Más tarde, en la UE, la OTAN, la FIFA y lo que venga.
Algunas cosillas me tengo que guardar, pues cuando la estrella roja volvió a mi país —Putin la incorporó como emblema en el Ejército—, me vi obligada, más por necesidad que por afinidad, a colaborar con los servicios: que si comprar fotocopiadoras a los incipientes partidos políticos «rojos», como les llamaban; pagarles alquileres de locales para dar mítines; hacerme con la factura de una editorial para abonar los gastos de edición de revistas, libros o panfletos. En fin, que no paraba.
Entre mis cometidos estaba el mantener reuniones con líderes sindicales que por entonces eran, en su mayoría, del PC; luego se pasaron al PSOE, al que ayudaron a transformar en socialdemocracia y después, bueno, ustedes ya lo saben…
Traté de infiltrarme en el incipiente anarquismo, pero ahí tuve un fracaso enorme. Los anarquistas son duros de pelar y rápidamente se percataron de mi quehacer. Un viejo anarquista de la FAI me agarró del cuello con la mano izquierda mientras mantenía la derecha, puño cerrado, cerca de mi rostro, y me dijo:
«Rubia de mierda, como te vea otra vez por aquí te mando al Gulag de una hostia».
En ese trasiego de llamadas telefónicas, mensajes cifrados y reuniones

estuve así cierto tiempo, pero los de la calle Serrano de Madrid me habían echado el ojo, se habían percatado de mi labor y llegué a sentirme preocupada. Pero la cosa no pasó de ahí. Los chicos de Washington tenían muchos recursos y me fui percatando de que los nuestros no podrían pasar de ser unos «tocapelotas», como dicen los españoles.
Adolfo Suárez, Felipe González y Antonio García Trevijano se preparaban para el combate electoral pero, aunque parezca mentira, creo que todo estaba diseñado. La Transición, que no fue nada pacífica, comenzaría por un partido salido de las entrañas del franquismo; después le tocaba al socialismo —uno nuevo—, financiado en parte por el mismo franquismo, pero sobre todo por Alemania.
Un estudio realizado por CIDOB señala que la relación entre la FES y el PSOE renovado comenzó en el año 1970 —Franco vivía— y que la Fundación Friedrich Ebert tuvo un papel relevante en la reorganización del socialismo español durante la Transición. De hecho, abrió oficina en Madrid en 1976 y colaboró activamente en la organización del XXVII Congreso socialista.
La Unión de Centro Democrático (UCD) y los Liberales recibieron subvenciones importantes de la Fundación Konrad Adenauer (KAS), vinculada a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) alemana. Y Alianza Popular (AP) tuvo también apoyo de Alemania, en este caso a través de la Fundación Hanns Seidel (HSS), vinculada a la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU).
La lógica del cambio imperaba y el Partido Comunista de España (PCE) no recibió apoyo del bloque occidental europeo. Sí lo tuvo del PCUS —Partido Comunista de la Unión Soviética— y del Bloque del Este. También consiguió financiación de otros partidos comunistas de Europa, especialmente de Italia. No puedo resistir el deseo de dejar plasmado aquí que yo colaboré a transportar convolutos desde Moscú.
García Trevijano fue laminado. Se sentía profundamente republicano, entusiasta antimonárquico y enfrentado a Felipe González. Trevijano no participó en ningún evento electoral, pues consideraba que el régimen político surgido de la Constitución de 1978 no era una auténtica democracia, más bien una oligarquía de los partidos políticos. Los españoles son ahora sufridores de esa partitocracia, por entonces incipiente y que ahora lo cubre todo.
Trevijano consideraba que participar en ese sistema legitimaba un modelo sin una auténtica separación de poderes. Y por eso defendía la abstención como una vía pacífica para reformar la Constitución.
El terrorismo de ETA seguía asolando el país y no había manera de acabar con ese sangriento radicalismo vasco. En apariencia, la situación se fue asentando.
El PSOE afrontó la reconversión industrial y agrícola; Europa exigía ajustes, sacrificios y reducciones de producción para integrar a España en el nuevo mercado comunitario. En consecuencia, el INI —Instituto Nacional de Industria— acabaría desapareciendo (1995) y miles de vacas lecheras fueron sacrificadas, y a vides y olivos les fueron arrancadas sus raíces, pues Europa así lo exigía para que los españoles fueran europeos. ¿Acaso no lo eran antes?
Los fusilamientos y encarcelamientos que hubo de

spués de 1939 fueron del franquismo, pero también los millones de viviendas que se construyeron, la repoblación forestal que se hizo en corto tiempo y los pantanos, que hoy ya no son causa de mofa, padeciendo la falta de lluvia y los pertinaces incendios. El emblema del Movimiento de Franco —el yugo y las flechas—, así como el de los sindicatos verticales, fueron arrancados de los portales de las casas que el régimen había construido. Había que laminar esos símbolos del franquismo.
España entró a bombo y platillo en la UE y en la OTAN. Sobre las consultas electorales habidas para esos ingresos mejor no hablar, me dice un amigo sociólogo, buen conocedor del asunto.
La democracia española fue generando una casta política que el escritor y columnista español Juan Manuel de Prada —tío listo, pero pedante en cantidad— llama «izquierda caniche». Esa fauna progre se viste de lujo, sobre todo cuando su preeminencia les ha encumbrado a cargos públicos-políticos excelentemente remunerados para los que, en muchos casos, no están preparados. Hay excepciones, como es el caso del exdiputado canario Alberto Rodríguez, al que nadie apoyó cuando fue expulsado del Congreso de los Diputados.
Tengo mucho más que contar, sobre todo mi participación y, a veces, diseño de operaciones muy delicadas para alterar el modus vivendi, pero poca cosa. Lo gordo me lo callo, de momento.
Como dijo Koldo, exasesor del exministro José Luis Ábalos, en el caso de las famosas maletas procedentes de Venezuela que viajaron con la ahora presidenta Delcy Rodríguez: «De eso no hablaré ni muerto».
Como tenía tiempo, me matriculé en Ciencias Políticas y Sociología y, lógicamente, aprobé con excelentes notas mi licenciatura. En la Facultad me sentí rodeada de futuros enamorados de las doctrinas de Antonio Gramsci, que luego el argentino Ernesto Laclau hizo suyas. A renglón seguido, los fundadores de Podemos las ensalzaron y pusieron en práctica, a la vez que bebían en las fuentes del fenómeno del 15-M de 2011.
Pero parece mentira que ellos, que procedían del mundo de la politología, desconocieran las entrañas de la sociedad española. No pisaban la verdadera calle, la de los trabajadores españoles, y no vivían los problemas reales de la sociedad española. Además, abandonaron la crítica en una cuneta.
Eran hijos de la burguesía y clase medio-alta creada por el franquismo, aunque no fueran franquistas. Y eso marca, deja sello. De sopetón triunfaron, pero no supieron administrar ese éxito. El sistema de atributos, cargos, prebendas y recompensas se hizo con ellos. Les envolvió, les sedujo y les fagocitó. Hasta que las urnas les despertaron del sueño. Ahora la mayoría de ellos está inane.
La época —que no etapa— de Pedro Sánchez es muy interesante. La corrupción, que no es de ahora, es endémica, asola el país al igual que los incendios; la tolerancia, el digo y me desdigo, pero por encima está la polarización, la maldita polarización. A pesar de todo, el país es una bendición.
En uno de los cursos que hice en la República Democrática Alemana nos contaron una vieja frase atribuida a Otto von Bismarck:
«España es una gran nación, yo la admiro profundamente, conozco la historia de la creación de su imperio y creo que resulta indestructible».
Todos nos quedamos estupefactos. Y, ¡qué vergüenza!, a mí se me cayó de la funda la Makarov PM, a consecuencia del sobresalto que me produjo aquella cita, sea cierta o no.
Ahora que llevo en España algunos años, empiezo a dudar de lo que dijo el dirigente prusiano. Creo que el libro El principio de Peter —escrito por el pedagogo canadiense Laurence J. Peter y el escritor Raymond Hull— retrata mejor a los españoles. El libro trata sobre la incompetencia y da la impresión de que debió conocer a muchos políticos españoles y funcionarios de los que tienen plaza conseguida a dedo. «Cuanto más torpe eres, más progresas», es la filosofía de ese volumen.

Yo añadiría que, para progresar, al menos en este país, se necesitan habilidades sociales, tales como la sumisión, la pleitesía, la obediencia debida, el peloteo y elevadas dosis de aquiescencia. Y no hay que echar en saco roto las envidias, los egos.
Aquí un filósofo puede ser ministro de Sanidad, un inexperto puede ser responsable de Emergencias de una Comunidad o del Estado, con un CV que prima la dedicación al partido, sea el que sea. La carrera comienza en las Nuevas Generaciones o en las Juventudes Socialistas…
La política española está que arde, todo son enfrentamientos. Se dice por acá que las Fiestas Navideñas suelen terminar a tortazos entre familiares, y todo por diferencias políticas, que la mayoría de las veces no tienen sentido.
Dicen un refrán español que «De árbol caído, todos hacen leña», que es lo que desde hace muchos años le viene pasando a España. Viene desde el Desastre de 1898, cuando los Estados Unidos nos declararon la guerra con la excusa de que no querían que ni España ni Europa colonizasen América; vamos, que no querían, ni quieren, ver a españoles por allí.
El hundimiento del acorazado Maine fue un casus belli —pretexto— para que Estados Unidos declarara la guerra a España. Hasta ahora no ha habido pruebas concretas sobre la causa de aquel hundimiento, en el que murieron 250 personas. ¿Falsa bandera, explosión interna, terrorismo? Hay versiones para todos los gustos.
Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas se la embolsaron los estadounidenses. Más tarde, siguiendo una política expansionista que había comenzado mucho antes, se lanzaron a expandirse por el mundo.
Como los males nunca vienen solos, a España le tocó padecer el llamado Desastre de Annual en 1921, con los rifeños en el norte de lo que ahora es Marruecos. Curioso, pero en la actualidad los rifeños, humillados, vilipendiados y confinados a la pobreza por el reino alauita, suelen emigrar como sea a España. Paradojas de la historia.
Tres Guerras Carlistas con decenas de miles de muertos, golpes de Estado, revolución de 1934 en Asturias y la Guerra Civil de 1936-1939 fueron otras negras etapas que padeció España.
El historiador Mark Lawrence ha estudiado precisamente la relación entre la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil de 1936-1939, comparando ambos conflictos como dos grandes guerras civiles españolas. La Revista de Historia Militar del Ministerio de Defensa señala que las fuerzas isabelinas contabilizaron 66.159 muertos.
La Primera Guerra Carlista fue extraordinariamente violenta y las estimaciones de víctimas varían considerablemente según las fuentes y el criterio utilizado. Algunos autores cifran en unos 200.000 el número de víctimas.
Entre 1820 y 1939 España atravesó una sucesión de conflictos internos. En esos 129 años, aproximadamente, fueron asesinados Juan Prim, Antonio Cánovas del Castillo, José Canalejas, Eduardo Dato y Luis Carrero Blanco, cinco presidentes del Consejo de Ministros.
Aparte de esos magnicidios hubo constantes enfrentamientos en las calles entre ideologías dispares: la dictadura de Primo de Rivera y la II República estuvieron acompañadas de una polarización política muy importante. El 18 de julio llegó el golpe militar y, después, la Guerra Civil. El franquismo permaneció hasta la muerte del general Franco en

noviembre de 1975.
No faltaron los pronunciamientos militares de Riego, Torrijos, O’Donnell, Narváez, Prim, Pavía, Martínez Campos, Primo de Rivera y Sanjurjo.
Lo cierto es que España no ha encontrado un sistema político que la libere de enfrentamientos y polarización política. Ahora, lamentablemente, noto que esa polarización social y política es fuerte, pero la España actual, a pesar de la enorme desigualdad existente, no se encuentra en la situación de otras etapas históricas.
Deseaba, anhelaba, conocer en profundidad España, a su gente, a sus políticos, sus toreros con esas coquillas que, aparte de proteger su pelvis de las cornadas, les resaltaban la hombría. Me atraían esos hombres, varoniles y valientes frente a un astado. Ahora entiendo a la actriz Ava Gardner y su encendido amor por el maestro Luis Miguel Dominguín.
Hablo de esto con mi amigo el sociólogo y me pone al tanto. Y es que la estrella de Hollywood tuvo después un encendido romance con el torero y actor Mario Cabré. Eso me dio que pensar: que más que enamoramiento era otra cosa.
Lo que no comprendo es que su marido, el también actor de cine Frank Sinatra, viajara a Madrid sumamente cabreado para llevársela a Estados Unidos. En cualquiera de sus películas, Sinatra la hubiera pegado dos tiros. Aquí prevaleció la cordura. Y digo cordura.
Pues, amigos y amigas, a partir de ahora abandono totalmente mis anteriores actividades profesionales, me siento libre, y voy a tratar de poner mi granito de arena en este proyecto editorial que es Espacios Europeos.
Ni con unos ni con otros.
Con la verdad por delante.
Saludos.
N,de la R.:
Alejandra Durrell es un personaje de ficción. Sin embargo, los hechos históricos y políticos a los que alude pertenecen a la realidad.
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Adolfo Suárez, Alejandra Durrell, Antonio García Trevijano, CIA, España, Felipe Gonzalez, KGB, Marruecos, Muro de Berlín, Stasi, URSS




