El Príncipe de La Navata nos ha dejado  

Fernando Polanco

Fernando Polanco

Mi Columna
Eugenio Pordomingo (31/10/2015)
Una llamada telefónica de Venancio Díaz Castán me da la noticia del fallecimiento de Fernando Polanco, amigo común, con el que compartí cuitas y remembranzas, que no son más que la memoria vuelta a pasar por el corazón, como algún erudito dejo escrito.

A Fernando Polanco, le gustaba –medio en broma, medio en serio- que le llamaran Fernando de Polanco, Príncipe de La Navata. Ha vivido lo suyo; una vida algo lujuriosa según relataba, que no le impidió adquirir una sólida formación cultural, aunque se olvido –y mucho- de cuidarse el cuerpo que le envolvía.

Era tal el número de enfermedades –según él- que tenía, que a uno se le hacia harto dificultoso creer que fuera cierto. No es necesario hacer un relato pormenorizado de las pócimas, mejunjes  y placebos que a diario engullía su ya débil cuerpo, eso es parte del sumario secreto que se lleva allí donde él creía que no hay nada, que no hay más allá que el de acá. Ahora entenderá la reflexión del teólogo Hans Küng cuando en El atardecer de la vida se preguntaba por la muerte. Para él, para el teólogo, la muerte es parte de la condición humana, y un misterio, aunque creía en la vida después de la muerte. “La confianza racional en Dios, en el Dios eterno –escribió



La Abarrotería

Sin Acritud…
Fernando Polanco (12/1/2010)fernando-polanco
Según nos apeamos en El Romeral, una  poblachón manchego cercana a Tembleque, cuya estación de ferrocarril es Los Yepes, no hay más que tomar la dirección del río y, sin llegar hasta el puente sobre el Guadianilla, uno topa con la que fue la abarrotería de «El Goyo». Es bajando a mano derecha, junto a la acacia seca donde se apoyó mi antecesor antes de suicidarse. Ahora, la tienda de ultramarinos es una ruina recostada sobre la ribera del río, donde anadean los



Menudo merequetengue: ¿Hispanoamérica, Iberoamérica o Latinoamérica?

Sin Acritud…
fernando-polancoFernando Polanco (23/6/2009)
Con frecuencia, oímos como sinónimos las siguientes voces: Latinoamérica, hispanoamérica,  Iberoamérica, Sudamérica o Suramérica – y, en ocasiones y con sentido no siempre más preciso, Centroamérica y Caribe, o Caribe o, en fin Nuevo Mundo (1).

En general, el uso habitual de esas voces se puede calificar -como dicen los charros- con tres palabros, tres epítetos: superferolítico (América Central y Caribe), perfuntorio (Sud o Suramérica) y anfibológico (EE. UU. de América) (2).

Pretendo demostrar que semejante sinonimia constituye un tremendo merequetén que no se ajusta a la verdad ni a la Historia, produce confusión, y a menudo obedece a razones políticas de carácter subrepticio e imperialista.

Si hacemos un somero repaso de la historia del continente americano, comprendido entre el sur del Río Grande y la Antártica, tendremos que detenernos en ciertos hitos en los que, en mi opinión, reside, al menos en parte, el origen del equívoco.

1.- Navegación de cabotaje portuguesa –Enrique IV «El navegante»– por la costa occidental africana durante el siglo XV. Tratados con Castilla: Alcobaca y Tordesillas (1487 y 1493) para repartir el pastel americano entre los dos reinos. Los portugueses (famosos por su crueldad) se limitaron, en general, a establecer factorías comerciales en el litoral (3).

2.- Expansión castellana a partir de «La Española» (actuales Santo Domingo y Haití) hasta el estrecho de Magallanes. Los castellanos, no satisfechos con comerciar, inician una cristianización a machamartillo. La invasión -no exenta de cierta épica- supuso la extinción de la mayoría de las culturas autóctonas: unas por indefensión (siboneys, taínos, ayawaks, caribes), y otras porque, más evolucionadas, plantaron cara al agresor (aztecas, incas).

Ahora bien, una de las cuestiones que se plantean al llegar a este punto es la del mestizaje. Se aduce el mestizaje a favor de la conquista y colonización de los castellanos y en contraposición al rulo expansivo de los anglosajones en el norte del continente. El mestizaje se produjo desde el primer momento (4), pero los españoles no eran precisamente unos angelitos: baste recordar, por ejemplo, el exterminio de mapuches y araucanos, o la ignominia de la Trata (5).

La cuestión más bien estriba en que los invasores del norte habían emigrado en plan familiar, por así decirlo, y los del sur, en cambio, lo hicieron en plan single: segundones, aventureros, soldados de fortuna, delincuentes, clérigos y «señoritas», que diría Joseph Pla, y de todos es sabido que la líbido no conoce ni siquiera familia. Por otro lado, las culturas con las que entraron en contacto los norteños se encontraban, salvo excepciones (los apaches) mucho menos evolucionadas  y, por consiguiente, el enfoque no fue el mestiche, sino el exterminio ex officio.

Así pues, volviendo a los términos con los que suele designarse los estados al sur del Río Grande, podemos establecer las conclusiones siguientes:

LATINOAMÉRICA: Se trata de una denomlas-tres-carabelasinación imprecisa que, si bien alude a la naturaleza romance de las lenguas que allí se hablan (con excepción del inglés, el créole, el papiamento, etc.), entraña un significado político de enfrentamiento con el vecino imperialista del norte. Es una acepción política que se refiere, refutándola, a la Doctrina Monroe (1824), es decir: «América, para (algunos: los yanquis) los americanos». Semejante barbarie se ha aplicado en Guantánamo, Vieques (Puerto Rico), Granada, Panamá, Santo Domingo y, por terceros interpuestos, en Argentina, Chile o Uruguay.

IBEROAMÉRICA: Encierra un significado puramente lingüístico probablemente derivado de la situación del Siglo de Oro, cuando el reino de Portugal formaba parte de la corona española.

HISPOAMÉRICA: Alude también a la cuestión de la lengua, pero salpimentándola con un toque de resentimiento político: la derrota de 1898 y la alevosa captura de las colonias española (6) de Cuba, Borinquén y Filipinas por parte de los gringos.

En cuanto a SUDAMÉRICA -más eufónico- o SURAMÉRICA, se trata de un término puramente geográfico aunque, por ignorancia o xenofobia («sudacas»), incluya también Centroamérica y el Caribe en general.

Por último, otro tanto cabe decir de, precisamente, Centroamérica y el Caribe, por más que el Caribe sea tan heterogéneo y variopinto como el repertorio de «La Lupe». Véase, sino, que parentesco puedan guardar los habitantes de la Martinica (francófonos y vasallos de la metrópoli) con los sonoros jamaiquinos.

En cualquier caso, existe una ligazón cultural -vital mejor- económica y en las últimas décadas también política, como señalara el «Che» en 1952, que hace de todas esas zonas, con los matices del caso, un bloque acaso más sólido que los propios USA.

NOTAS:
Fernando Polanco
es historiador americanista.
1.- Un conocido, que había regresado exultante después de su primer viaje a Cuba: -La isla no tiene nada que ver con esto (la península), chico. Es otro mundo. Claro, repliqué algo desconcertado: es que es, precisamente, el Nuevo Mundo.
2.- ¿Y los estados unidos de México o Venezuela?
3.- En el origen de esta historia hay un error de cálculo acerca de las dimensiones de la tierra; y así, una vez doblado el cabo de la Tormentas (Buena Esperanza), Colón descubrió las Indias; desde luego, pero las Occidentales.
4.- Véase el caso de la tlaxcalteca Malinche, bautizada doña Mariana y esposa del velludo hijo de la dehesa Hernán Cortés.
5.- El propio Las Casas, con la habitual vehemencia, la denunciaba en sus últimos escritos.
6.- Cuba, como la Guinea y el Sáhara, era provincia española, que no colonia, y estaba representada en las Cortes de ese país.



La Siesta

Sin Acritud…
Fernando Polanco (31/5/2009)la-siesta
Imaginemos un cuenco macizo, sin oquedad ninguna. Sin duda se trataría de un cuenco, pero de un cuenco inútil (1). O pensemos en la cachimba de Magritte que no sirve para fumar pese a su aspecto (2).

Así sucede también con una jornada sin ocio. En este caso, sin siesta, otium cum dignitate. Aunque, en realidad -todo hay que  decirle-, el ocio se concibe en plan social, no de una ristra de actividades:



Elogio y nostalgia del subjuntivo

fernando-polancoSin Acritud…
Fernando Polanco (17/5/2009)
En la pos guerra -según se cuenta- los estraperlistas usaban «haiga» por «haya», como si la primera de las voces fuera más chic o, como dicen ahora, más sofisticada:

– ¿Qué coche? -exclamaban-.El más grande que haiga (sic)- y señalaban, de manera indefectible, un «Dodge«.

Hay más tópicos  relacionados con el subjuntivo. Por ejemplo, la supuesta  equivalencia  en el pretérito imperfecto, veri: dijera o dijese. Pero si yo




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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826

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