
Mi Columna
Eugenio Pordomingos (15/10/2025)
Un artículo del periodista James North, titulado (en español), Al igual que en Gaza, los periodistas estadounidenses fallaron a sus colegas asesinados en Yemen, comienza de esta guisa: “El silencio de los grandes medios de comunicación sobre el asesinato de 35 periodistas yemeníes es parte de un encubrimiento mucho más grande y vergonzoso destinado a proteger a Israel”.
James North es un periodista con más de cuatro décadas a sus espaldas de experiencia cubriendo información de lo que acontece en el mundo, especialmente en el continente africano. Colabora en la revista The Nation, y es editor de Mondoweiss.
En el artículo del que damos cuenta, North se muestra muy crítico con sus compañeros de profesión y lo expresa así. “Una regla no escrita en el mundo del periodismo es que los reporteros debemos defendernos mutuamente, independientemente de nuestras opiniones personales. Si alguno de nosotros es amenazado o asesinado, los demás debemos alzar la voz y denunciarlo, como hacen los bomberos o los policías cuando uno de ellos muere en acto de servicio”.
Para el periodista estadounidense esa regla ´informal´ no se aplicó a “las 35 personas que Israel mató en Saná, la capital de Yemen, el 10 de septiembre”.
James North recurre a un informe de Human Rights Watch del 15 de septiembre, para explicar lo que realmente sucedió. El titular de la noticia es el siguiente: “Ataque de las fuerzas israelíes en Saana mata a periodistas”.
El informe de HRW confirma que militares israelíes habían matado “al menos a 35 personas, incluidos periodistas, e hirió a docenas más”.
De acuerdo con la misma fuente, los periodistas asesinados trabajaban para el periódico 26 de Septiembre, asociado a Ansar Allah (movimiento insurgente en fase de ascenso, según los Ministerios de Defensa y de Asuntos Exteriores de España). El ataque (bombardeo aéreo) fue debidamente planificado y llevado a efecto, y así lo consideró HRW tras un exhaustivo análisis del suceso.
Un video muestra la destrucción causada por el destructor ataque, pero volvemos a la fuente: “los principales medios de comunicación estadounidenses prácticamente han defraudado a sus colegas yemeníes asesinados y a los civiles inocentes. Empecemos por el New York Times. El periódico confía claramente en Human Rights Watch, ya que cita constantemente los informes de HRW sobre otras partes del mundo. Solo en septiembre, el Times ha citado a la organización siete veces. Sin embargo, el informe del periódico del día del ataque israelí no mencionó la muerte de periodistas, a pesar de que el Times cuenta con un corresponsal en Saana, Shuaib Almosawa. El Times tampoco publicó ningún seguimiento días después”.
El resto de medios de comunicación estadounidenses guardaron un vergonzoso silencio. James North menciona que finalmente el Washington Post incluyó una frase, tomada de la Associated Press, que sí informaba del hecho: “cientos [en Saana] asistieron a los funerales de 31 periodistas yemeníes que, según se informó, murieron en ataques aéreos israelíes la semana pasada”. Pero eso fue todo, recoge el periodista North.
Es el mismo autor el que acusa de “encubrimiento generalizado” a los medios de comunicación de Estados Unidos. Y comenta que Israel en los últimos dos años ha atacado a siete países de Oriente Medio (Irak, Líbano, Siria, Irán y Yemen), incluida la agresión a Qatar aliado de Estados Unidos.
Ante ese silencio de los medios de comunicación estadounidenses, North responde que la información que facilitan es “mínima y superficial”. Se imaginan qué hubiera pasado si un periódico israelí fuese bombardeado en Tel Aviv y como consecuencia murieran 35 periodistas. No lo quiero ni pensar.
North menciona una excepción en el quehacer de sus compañeros de prensa, y es el caso del conservador The Economist: “señaló que el ataque contra Qatar no tuvo como objetivo preventivo una amenaza inminente… Fue un acto de venganza contra el territorio de un Estado soberano”.
Genocidio, sumisión y acuerdos de Paz frustrados
El genocidio de Gaza no tiene parangón en la historia moderna. Para que no haya dudas, tergiversaciones o malos entendidos, “un genocidio es el exterminio intencionado, sistemático y deliberado de un pueblo, grupo étnico, racial o nacional, total o parcialmente, por una o varias razones ideológicas”.
Pero si el genocidio es terrible, una maldad humana, la impunidad de la que gozan los que lo practican, es aún peor. Y ¿qué decir de los que lo toleran, lo disculpan o lo defienden?
La impunidad de la que gozan actualmente Israel y Estados Unidos, me da la impresión que se va a ir evaporando y no lentamente. Va a ser una cocción rápida. La reacción de la comunidad internacional va a tener consecuencias importantes y nada beneficiosas para los que hasta ahora disfrutan de una manifiesta impunidad.
La Unión Europea ha optado por la aquiescencia, la sumisión y el sometimiento a Estados Unidos e Israel. Sin ilusión alguna, la UE ha perdido la oportunidad de liderar en Occidente al menos un mínimo de respuesta ante el poder omnímodo y hegemónico de Estados Unidos. Y así nos va.
A pesar de todo, tanto Estados Unidos como su aliado, Israel, se están creando enemigos nada pequeños: los pueblos, la ciudadanía.
Los fastos en Egipto para la firma de los nuevos acuerdos de Paz han congregado a una pléyade de pelotas que babean por ponerse al lado de Trump y que éste les estruje la mano mientras les hace una gracieta.
Patético ha sido la petición de Donald Trump al presidente israelí, Isaac Herzog, para que libere (indulte) a Benjamin Netanyahu de las causas judiciales pendientes, tales como fraude, soborno, abuso de confianza, etc. Eso tuvo lugar ayer en el Parlamento de Israel. Esa petición la hizo en voz alta y acompañada de estruendosas risotadas. Lamentable. Muy lamentable.
Mientras doblan las campanas en Egipto, algunos trabajan para que mañana retorne el fracaso de lo acordado. Los antecedentes los tenemos en el llamado Plan de Partición de la ONU en 1947, y un año después la Primera Guerra Árabe-Israelí, seguida de la Guerra de los Seis Días en 1967. Poco después vino la Resolución 242 de la ONU pedía cambiar “territorios por paz” que, lógicamente, no llegó a cumplirse.
Otro tremendo fracaso, ejecutado a sangre y fuego fueron los Acuerdos de Oslo (1993–1995). La Cumbre de Camp David (año 2000) amparada con el liderazgo del entonces presidente Bill Clinton, otro tanto de lo mismo.

No mucho después, la creación de Hamás con ayuda del enemigo con la intención de debilitar a la facción palestina más moderada, no ha conseguido mejorar la situación.
Annapolis, Proceso de Kerry, Acuerdos de Abraham (Palestina fue marginada), no han significado avance alguno; tal vez todo lo contrario.
Los asentamientos de colonos israelíes, los enfrentamientos ideológico y religiosos, intereses foráneos, y un largo etcétera han sido y son las verdaderas causas que conducen a la situación actual. Y que nadie lo dude, los Acuerdos de Paz firmados en Egipto no van a solucionar nada. Ese acto ha sido un impás en la política diseñada desde hace tiempo por Kissinger y el sionismo.Todo en uno.
Lo de Egipto ha sido un acuerdo de paz que destila aroma de fracaso. Un somero análisis nos conduce a manifestar lo siguiente: en primer lugar, las dos partes implicadas directamente, Israel y Hamás no han sido los firmantes de esos acuerdos; en segundo lugar, los firmantes tienen un CV democrático que deja mucho que desear: Donald Trump, presidente de un país que tiene cerca de mil bases militares repartidas por el mundo cuyo diálogo diplomático consiste en invadir a los países que no aceptan sus peticiones. Eso sin adentrarnos en su política comercial (aranceles) basada en el sometimiento del competidor; ni recurrir a sus andanzas por los juzgados ni su política migratoria ni de odio a sus contrincantes políticos.
Otro de los firmantes es Erdogan, personaje nada moderado del que tenemos constancia de su forma de actuar con la oposición que le pisa los pies. Y otro de los firmantes es el presidente de Egipto Abdel Fattah al-Sisi, gran amigo de Israel desde los tiempos en los que dirigía la Inteligencia Militar de su país, y líder del Golpe Militar que derrocó al anterior mandamás.
El cuarto firmante es, nada más y nada menos, que el emir de Catar, Al Thani, rico país que brilla por la defensa de los derechos humanos y en el que la democracia es una palabra casi impronunciable.
En fin, qué decir.
En la firma de esos acuerdos de paz, los cuatro líderes mundiales, han sido acompañados, agasajados, vitoreados y aplaudidos a rabiar por una treintena de sumisos súbditos. La mayoría de ellos, jefes de Estado o primeros ministros de una Europea maltrecha, sin aliento, que han acudido a esa firma en representación de no se sabe quién. Ni unas palabras de recuerdo para los miles de palestinos, gazatíes, asesinados, de ellos más de 20.000 menores de edad y varios de ellos de un balazo en la cabeza o en el pecho. Para ellos no hay ni tan siquiera una tumba, una palabra, ni una flor.
Me permito, como colofón, añadir un párrafo que escribí en una de mis columnas: “En una carta dirigida a sus «queridos compañeros» ricos, el multimillonario estadounidense, Nick Hanauer. En su misiva, Hanauer les avisa de que si no solucionan las desigualdades en la sociedad, serán linchados por quienes más padecen la crisis. En concreto les dijo: “Si las desigualdades continúan las horcas de la revolución se preparan”.
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