Navarra

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Aniceto Setién (17/6/2025)
Me fascina Navarra, ese territorio del que se habla tanto y se conoce tan poco, y que ha protagonizado no pocos episodios relacionados con la corrupción.

En más de una ocasión he comentado, e incluso escrito, sobre sus similitudes con Ucrania. Sí, con Ucrania: aquella Ucrania madre de Rusia desde el Rus de Kiev, en el 882 d.C., como Navarra es madre de Euskal Herria desde la fundación del muy vasco Reino de Pamplona en el 824: «Lingua vascorum, lingua navarrorum», que se dice desde el Synodus Pampilonensis, en el siglo X.

Ambas comparten una identidad dual: rusa y húngaro-polaca en un caso; vasca y riojano-aragonesa en el otro. No está de más recordar la disposición transitoria cuarta de la Constitución de 1978. Dejo al lector o lectora interesado la consulta de dicho precepto.

Pero no es el propósito de este artículo repasar las singularidades de ese territorio cuyas armas figuran en el escudo de España y que, según algunos, fueron las de Miramamolín en 1212, en la batalla de las Navas de Tolosa.

Tampoco lo es recordar sus peculiaridades legales heredadas de 1512, tras la invasión de Fernando el Católico, y consolidadas paradójicamente por el franquismo, que mantuvo sus fueros, administración tributaria, derecho sucesorio y hasta un cuerpo policial propio: la Policía Foral. Navarra tuvo, como curiosidad, aduanas con España hasta 1836.

Navarra da para mucho, pero hoy quisiera centrarme en cuestiones más mundanas.

¿Qué ha ocurrido para que una tierra tan hermosa haya generado tantos casos de corrupción desde los inicios de la Transición?

Dejaremos para otra ocasión a la familia Del Burgo, vinculada a la derecha navarra desde hace más de un siglo. Hoy toca hablar del PSN.

El último gran escándalo ha provocado la dimisión de dos secretarios de organización consecutivos del PSOE. Uno de ellos, incluso, renunció a su acta de diputado; el otro, Ábalos, ha sido oficialmente declarado tránsfuga.

Pero retrocedamos un poco.

Gabriel Urralburu, presidente del Gobierno de Navarra entre 1984 y 1991 y secretario general del PSN, fue protagonista del llamado «Caso Urralburu» (1994–1998).

Procesado por cohecho y fraude fiscal por cobrar comisiones ilegales en obras públicas, fue condenado inicialmente a 11 años de prisión y 780 millones de pesetas, pena que se redujo a cuatro años tras una revisión en 2001.

Le sucedió Javier Otano, presidente entre 1995 y 1996 y también secretario general del PSN, quien tuvo que renunciar al destaparse una cuenta suiza con fondos millonarios. No ingresó en prisión y su causa prescribió.

El lector quizá recuerde que, tras la victoria de Felipe González en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982, se nombró como delegado del Gobierno en Navarra ¡a Luis Roldán!

Aunque natural de Zaragoza, Roldán inició en Navarra su conocida trayectoria de irregularidades. El caso Urralburu y el de Otano están, en gran medida, vinculados a la trama Roldán, y marcan el inicio de una larga travesía en el desierto del socialismo navarro.

La caída de Otano permitió la llegada al poder de Unión del Pueblo Navarro (UPN), partido profundamente contrario al nacionalismo vasco. Basta con mencionar dos ejemplos de esta animadversión:

Durante años se bloqueó en Navarra la señal de EiTB, impidiendo el acceso a los canales vascos. Además, la Ley Foral de Símbolos prohíbe en edificios oficiales banderas de otras comunidades autónomas, lo que incluye a la ikurriña, bandera que, por ejemplo, ondea en el ayuntamiento vasco-francés de San Juan de Luz (Donibane Lohitzune).

Hasta la llegada de Joseba Asiron (EH Bildu) a la alcaldía de Pamplona, la policía impedía el acceso con ikurriñas al Txupinazo del 6 de julio. En  013, el mundo abertzale respondió desplegando una enorme ikurriña frente a la Casa Consistorial.

Aquel día, el entonces alcalde Enrique Maya, visiblemente alterado, hubo de retrasar el lanzamiento del cohete unos veinte minutos. Los gritos de «UPN, kanpora» se oyeron incluso más allá de los tañidos de la campana María.

El PSN, que hasta los años ochenta formó parte del Partido Socialista de Euskadi (PSE), asumió su papel de comparsa del foralismo conservador durante muchos años.

En mayo de 2007, durante las elecciones municipales y autonómicas, Fernando Puras (PSN) queda en segunda posición y UPN pierde la mayoría absoluta. Carlos Chivite, secretario general del PSN y tío de la actual presidenta, solicita permiso al partido en Madrid para negociar un gobierno con el apoyo de la izquierda abertzale e Izquierda Unida.

Es importante precisar que cuando se habla de «izquierda abertzale» en ese contexto, se hace referencia a formaciones como Nafarroa Bai (una escisión del PNV) y Aralar (liderada por Patxi Zabaleta), que rechazaba explícitamente la violencia política.

El PSOE autoriza a Chivite a explorar esta vía, pero con escepticismo. Para sorpresa de muchos, las formaciones progresistas ofrecen su apoyo al PSN sin pedir nada a cambio. Ilusionado, Chivite comunica a Pepe Blanco que Fernando Puras sería presidente. La respuesta fue negativa: Blanco ordenó no presentar candidatura y abstenerse en la votación, lo que propició que UPN gobernase nuevamente.

Carlos Chivite falleció en marzo de 2008 tras un infarto cerebral. En su entierro, su hija mayor acusó a José Blanco de ser responsable de su muerte.

Nunca se sabrá qué motivó aquella decisión política. Lo irónico es que la actual presidenta, también del PSN, llegó al poder gracias a un pacto muy similar al que se vetó en 2007.

Y de aquellos polvos vienen estos lodos. ¿Cómo es posible que alguien como Koldo García Izaguirre acabe como jefe de gabinete de un ministro?

Al hilo de Koldo, recuerdo al cardenal Marcinkus, protector de Pablo VI. Con 1,90 metros de estatura y cinturón negro de kárate, desarmó en Filipinas a un atacante del papa en 1970. De un solo golpe, derribó y dejó inconsciente a un pobre boliviano que debía de andar fatal de lo suyo. Las hostias de Marcinkus no eran de pan ácimo.

Como curiosidad, Marcinkus también fue presidente del Banco Vaticano en los años del escándalo del banquero Roberto Calvi y sus vínculos con la mafia, la logia P2 y la democracia Cristiana de Giulio Andreotti.

Koldo, nacido en Barakaldo, empezó como vigilante de un vertedero. Fue portero de discoteca, escolta y vigilante de seguridad en el estadio de Osasuna. En 1991 participó en una agresión a un conductor en el vertedero de Góngora. Condenado en 1995 a dos años, cuatro meses y un día de prisión –era la misma pena que le caía en la época a los insumisos, la inmensa mayoría del total español en Navarra–, fue indultado por el Gobierno de Aznar en 1996.

Entre 2011 y 2015 fue concejal del PSN en Huarte. Se le conocía también por su habilidad como cortador de troncos.

En 2014 apoya a Pedro Sánchez en las primarias. Tras su victoria, es llevado a Madrid por Santos Cerdán para trabajar como chófer y asistente de José Luis Ábalos. Cuando este es nombrado ministro de Fomento y luego de Transportes, Koldo se convierte en su hombre de confianza, e incluso consejero en Renfe Mercancías, sin ninguna formación en el sector.

Durante ese tiempo, comienza a tejer redes para el enriquecimiento propio, lo que ha acabado salpicando a Ábalos y, recientemente, a Santos Cerdán.

Doy por sentado que los detalles más gruesos de la actualidad son del conocimiento del lector o lectora.

Me cuesta creer, y este es el asunto mollar, que todos estos personajes, todos estos trapisondistas, todos estos delincuentes que tanto daño hacen –el daño económico es el menor de todos– han podido brotar en ese ecosistema tan extraordinariamente singular, que es Navarra y que, a lo que parece, va acercándose a algo parecido a la normalidad, aunque estos elementos nos sigan dando disgustos.

Quiero creer que la nueva generación del socialismo navarro, encabezada por María Chivite, es honesta y está comprometida con otra forma de hacer política. Hasta donde sé, así es. Pero, desde Roldán hasta hoy… ¡menuda tropa!

N. de la R:
Este artículo de nuestro colaborador habitual fue publicado el pasado 16 de junio en Nueva Tribuna.
El autor nos deja una enorme duda que nos gustaría tratara de aclararnos en un próximo texto. Nos referimos a la muerte de Carlos Chivite y lo manifestado por su hija mayor, acusando a José Blanco “de ser responsable de su muerte”. Pero lo que nos ha causado cierta inquietud es la frase que escribe Setién: «Nunca se sabrá qué motivó aquella decisión política».


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